jueves, 10 de noviembre de 2011

No puedo con ellas

La columna de hoy va dirigida a un colectivo de mujeres muy concreto. Eso significa que la crítica que voy a verter puede parecer asquerosamente machista. Si alguien lo interpreta así, mi más sinceras disculpas, pero nada más lejos de mi intención. En mi defensa diré que otro día estuve hablando de los 'pijos', colectivo que llamó especialmente mi atención y al que dediqué algunas palabras en un tono tan distentido como crítico. Luego de escribir aquel "artículo" caí en la cuenta de que me estaba refiriendo a "ellos", que no a "ellas". No sé si esto servirá para aplacar las sospechas que pudieran existir sobre mi supuesto machismo. Si no es así, al menos lo he intentado.

Tienen buen gusto para vestir, se emperifollan para llevar a sus hijos al colegio, huelen a perfume aparentemente caro, son muy expresivas hablando, reclaman cierto protagonismo al hacerlo, y además hablan con autoridad, con carácter, con determinación ... con muchos huevos! Son ellas, las chonis, mujeres de nuestro tiempo venidas a más, modernas, liberales, a menudo tatuadas, otras veces con piercings ... pero que cuando abren la boca, sube el pan!

Debajo de su coraza se esconden chicas que muchas de ellas no acabaron el graduado escolar, con infancias duras en barrios humildes, se emparejaron con los kinkis del barrio, encontraron su oportunidad a pesar de su poca formación y se subieron a la noria del consumo, la hipoteca, el matrinomio y los hijos como todo el mundo. Su vida no ha sido precisamente un camino de rosas para conseguir subirse al carro. Han atravesado hostilidades desde su infancia, no tuvieron todas las mismas oportunidades y se han ganado a pulso su posición socio-económica. Desde aquí mi más sincero reconocimiento a todas ellas, vaya por delante.

Sin embargo, miro el resultado y sin entrar en el por qué, la cuestión es que no las soporto (y perdonen mis prejuicios). Son maleducadas y su lenguaje es completamente soez, supongo que para aparentar una mayor personalidad y un mayor aplomo y de esa forma ocultar su frágil pasado. Si alguien critica a sus niños o insinúa que están mal educados, hay que pasar por encima de su cadáver. Esto incluye por supuesto a los profesores de sus hijos. Otra característica que tienen es el exceso de protagonismo al hablar. Mueven las manos exageradamente y se dirigen a todo el mundo que parece que hablasen de temas absolutamente trascendentales. Son capaces de hablar veinte minutos seguidos de la merienda de su hijo y por si fuera poco lo hacen hablando todas a la vez. De hecho no tienen conversaciones, son monólogos que se entrecruzan. Las madres jóvenes centran sus conversaciones en si mi hijo me come o no me come, o si duerme o no duerme, pero evidentemente, a ninguna le interesa lo que dice la otra. Y es que ... de verdad que no puedo con ellas!

Como suele pasar, son más papistas que el Papa, porque todas ellas han superado con creces a la auténtica fundadora, "La Choni", ese personaje mítico de la serie "Los Serrano" que fundó una escuela y este concepto de mujer moderna.

No hace mucho la profesora de mi hijo de 9 años de edad convocó a los padres para una reunión conjunta. No he pasado más vergüenza ajena en toda mi vida. Si no sonaron 10 teléfonos móviles en los 40 minutos que duró la charla no sonó ninguno. Ninguna rechazó la llamada, sus razones tendrían. Las más refinadas se salían fuera para atender la llamada, con las correspondientes interrupciones cada vez que entraban o salían. Pero lo que ya me sacó de quicio son las que atendían la llamada allí mismo, delante de todo el mundo .... me enervo!! Por si fuera poco, una madre lanzó una pregunta porque no tenía claro cuántos libros de inglés debía de tener su hijo. Eso suscitó un debate tan trascendental que ya no hubo tiempo de seguir con otros temas. Aguanté el chaparrón ... como no podía ser de otra manera.

Pocos días después coincidí con las mismas madres (qué alegría) en la reunión de catequesis mensual para padres. 10 minutos fueron necesarios para que el gallinero de madres se moderara. Una verdulería sería un templo comparado con eso.

Lo siento chicas, pero no puedo con vosotras!!

sábado, 24 de septiembre de 2011

No en mi nombre

Ese es el lema que portaba un numeroso grupo de ciudadanos americanos hace tan sólo unos días, horas antes de que una inyección letal pusiera fin a la vida de un reo americano de color (como suele pasar en el 99% de los casos) que llevaba 22 años en el corredor de la muerte, que se dice pronto.

La pena capital fue aplicada aun existiendo serias dudas sobre la culpabilidad del acusado. Tan grande es la democracia del país de la libertad por excelencia, que en ocasiones puede llegar a condenar a muerte a alguien y a hacer efectiva la sentencia aun no habiendo probado su culpabilidad.

Pero no quiero centrar en esto el debate, yo quiero ir todavía un poco más allá. Quiero ponerme en el caso de que efectivamente sí que fuera culpable. ¿Legitimaría eso la aplicación de la pena de muerte? Yo creo que no.

La pena de muerte es un reducto de las democracias más antiguas, como lo fueron otras ignominias de las historia reciente de la humanidad (véase Guantánamo, el llamado muro de la vergüenza, etc, etc). Un estado que mata no es un estado democrático que respeta los derechos humanos, porque de hecho viola el derecho más básico de todos, el derecho a vivir. Un estado que mata es un estado pendenciero, justiciero (que no justo) y vengador, que se pone al servicio de los sentimientos de odio, ira y venganza de las víctimas y que busca el alivio de las mismas a través del asesinato. Un estado que asesina asesinos es un estado miserable y no mejor que los criminales a quienes procesa. La única lección que enseña un estado que aplica la pena de muerte a sus ciudadanos es el ojo por ojo y diente por diente, eximiendo la posibilidad del perdón e inculcando el odio, la violencia y la muerte como formas de hacer justicia. Si creemos en el estado de derecho, hemos de creer que todo el mundo tiene derecho a vivir, que podemos juzgar y castigar los actos de las personas que cometieron errores, pero nunca podemos disponer de su propia vida como moneda para hacer justicia.

Resulta paradójico ver como en Estados Unidos determinados círculos ultraconservadores y de corte fundamentalista cristiana están completamente a favor de la pena capital, del ojo por ojo y diente por diente y donde la palabra perdón no existe en sus vidas. Yo sin embargo creo en el perdón y en las segundas oportunidades, como creo en la posibilidad de reinserción en la sociedad de aquellas personas que en un momento desgraciado de sus vidas cometieron un grave error. Y es que el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. De hecho, creo que el perdón es la máxima expresión del amor y que el tamaño de corazón de las personas se mide precisamente por su capacidad de perdonar.

Estoy seguro que alguien estará pensando "si mataran a uno de tus hijos ya veríamos si podrías hablar así". Yo no soy mejor que nadie, y con toda probabilidad si ocurriera algo así (Dios no lo quiera) mi alma estaría inundada de sentimientos de odio, ira y venganza, como la de cualquier otro padre. Todos somos humanos. Pero precisamente por eso, para eso están los estados, para impartir la justicia de forma aséptica a los sentimientos de las personas. Créanme amigos, la ley del talión no nos hará ser mejores, más bien todo lo contrario.

Matar es un error, lo hagan las personas o lo hagan los estados. Es inmoral, cruel, repugnante, miserable e inhumano. Para los creyentes es muy evidente, Dios da la vida y Dios la quita, no está en nuestras manos disponer de la vida de nadie. Pero es que incluso para los no creyentes la conclusión es casi la misma. Matar perjudica la convivencia, atenta contra un derecho universal e inalienable y sencillamente va contra el sentido común. A día de hoy no encuentro ninguna razón que se vea favorecida por la aplicación de la pena de muerte.

Por tanto, no a la pena de muerte, no así, y aunque yo no pague impuestos en Estados Unidos, no en mi nombre!

Un abrazo

domingo, 4 de septiembre de 2011

Camisas de manga larga

Hay una cuestión de esas que marcan un antes y un después en tu vida, equiparable por su trascendencia a esas preguntas existenciales que todo ser humano se plantea en algún momento de su vida, preguntas como de dónde venimos y a dónde vamos. En mi caso personal, aunque esa cuestión lleva ya acechando varios años en mi cabeza, he necesitado 40 años de existencia para afrontarla con éxito. He ahí la pregunta de mi vida: ¿qué es un pijo?

Estoy seguro que os hacéis cargo de cuán importante es este momento de mi existencia dada la profundidad del tema. Pues bien, sin más dilaciones paso a daros mi opinión acerca del mismo.

El término pijo no se remonta a la actualidad ni muchísimo menos. Pijos ha habido por doquier a lo largo de nuestra historia. Destacados pijos ya se hicieron notar en la Antigua Grecia, presocráticos y post-socráticos, charlatanes que gastaban su honorable y valioso tiempo tratando de explicar a las gentes la razón de ser de todo cuanto nos rodea. Pijos eran, sin duda, porque no necesitaban desarrollar otra actividad para vivir. Digamos que nacieron ricos porque mientras el resto tenían que trabajar para vivir ellos se permitían vivir pensando. En la actualidad les conocemos como filósofos griegos.

De entonces hasta ahora todas las épocas han conocido pijos. Cada época en forma diferente pero no tanto en el fondo. Un fondo ligado sin duda a una situación económica privilegiada que les permitía distinguirse del resto tanto por su hacer como por su parecer.

Sin embargo hoy día no tengo tan claro que cuando nos referimos a un pijo estemos hablando de lo mismo. Creo que en la actualidad ya no es tanto una cuestión relativa al estrato social, sino más bien a la imagen que desprenden. La conclusión que saco es que hoy día un pijo no es más que una persona que tiene unos determinados hábitos de consumo. Alguien que responde a un estereotipo de imagen basado en el uso de determinadas marcas comerciales. Marcas exclusivas, que obviaré comentar porque no es preciso, pero cuyo consumo hace pensar a determinadas personas que su superioridad es un hecho. Ni siquiera es hoy día una forma de vivir. Conozco pijos que no tienen donde caerse muertos, incluso votantes de izquierda. Sólo es una forma de vestir y de arreglarse lo que distingue a un pijo de cualquier otro ciudadano.

El estereotipo de un pijo no tiene sólamente por objeto distinguirse del resto de seres humanos sino también y no menos importante, identificarse entre ellos. Es muy importante que un pijo sepa reconocer a otro, como los perros cuando se huelen entre sí. La imagen de grupo acorde a un estereotipo común refuerza mucho más su influencia y les hace sentir todavía mejores. Incluso los lugares que frecuentan pasan a ser catalogados como sitios pijos. No hay nada tan influyente y tan poderoso como la presencia de un pijo. Ese saber estar, esa superioridad manifiesta, ese refinamiento que le caracteriza, esa forma de hablar que desafía al castellano más exigente, ese control de la situación, ese peinado hacia atrás brillante y engominado que rompe miradas al pasar, ese olor a perfume de cien pavos que quita el sentío, esa forma de mirar por encima del resto, esos polos, esos pantalones caros, esos zapatos de pin-pín, esa hebilla del cinturón y todo un sin fin de ingredientes que convierten este fenómeno en algo extraordinario. Si no fueran porque cagan mierda todos pensarían que se trata de una rama noble del Homo Sapiens.

Pero de todos los artículos que forman parte de la indumentaria pija hay uno que hace añicos mi pensamiento. Algo que es impepinable para ser un pijo de verdad. Algo sin cuya existencia un pijo no puede se considerado como tal. Algo que va en el manual de los principios troncales de un pijo. Algo que definitivamente les hace reconocerse entre ellos porque ellos y sólo ellos tienen el patrimonio de ese icono. Me estoy refiriendo a las camisas de verano de manga larga. Un pijo tiene terminantemente prohibido vestir una camisa de manga corta aun en las condiciones climatológicas más adversas. Podríamos estar hablando de Sevilla, 48 grados a la sombra, que ni por esas un pijo podría osar a vestir una camisa de manga corta. En ese caso sería desherado inmediatamente. De ser descubierto por otro pijo sería tal la deshonra que no podría vivir con la cabeza alta el resto de su vida. Estaría asistiendo al final de su carrera como pijo. Lo más parecido a una camisa de manga corta es la camisa de manga larga con una vuelta en el puño. Ese es el máximo atrevimiento del que pueden hacer uso. Aunque ojo a la vuelta del puño de la camisa porque de no hacerse con el decoro suficiente comprometería el status adquirido. Este verano he asistido a escenas como ver pijos con la camisa de manga larga en las playas de Levante. Pero claro, es comprensible, ¿si no cómo se iba un pijo a distinguir en una situación que exige tan poca indumentaria? No queda otra que llevar camisa de manga larga a la playa con vuelta en el puño.

Sorprende aún más que la pijería además de contagiosa es hereditaria. Al menos eso creo, porque al lado de papá pijo siempre hay niños vestidos con sus pequeñas camisas de manga larga. Fenómeno que sólo es explicable a través de herencia genética. Algún gen hay por ahí responsale de todo esto.

Bueno amigos, acabada la sarta de tonterías que me ocupan en el día de hoy, yo he decidido seguir retando la harmonía vistiendo mis selectas camisetas (que no camisas) ... ... de manga corta, por supuesto.

viernes, 15 de julio de 2011

Infancias arrebatadas

De todas las miserias humanas hay una que me sobrecoge especialmente: el llanto de un niño. Pero no me refiero al llanto sonoro y breve en el tiempo al que todos nuestros hijos nos tienen acostumbrados, más bien me refiero a otro tipo de llanto. Ese llanto sordo, que no pretende reclamar nada porque nadie lo escucha, ese llanto que expresa la mirada de un niño al que se le ha arrebatado la infancia simplemente por haber nacido en el lugar equivocado. Víctimas de los abusos, de la explotación salvaje, de los conflictos bélicos, pero víctimas del azar al fin y al cabo. Azarosa y desgraciada su suerte, pero maldita la connivencia de quienes de una manera u otra amparan, legitiman, toleran, esconden y son cómplices de la mayor de las transgresiones de los derechos humanos de cuantas he conocido.

Soy agnóstico, gracias a Dios, pero no porque tenga razones matemáticas, ontológicas, teológicas, etc que prueben su inexistencia. Cuando alguien me pregunta por qué no creo en Dios, siempre le contesto lo mismo, algo mucho más hunano que todo eso, mucho más sencillo: "no creo en Dios porque si Dios existiera no permitiría un mundo como este". Débil argumento desde el punto de vista católico. Se lo dejo en bandeja, muy fácil de rebatir, "Dios nos hizo libres". Y no les falta razón, de hecho es un argumento aplastante, pero se olvidaron de un pequeño detalle, de una excepción imperdonable bajo mi punto de vista: un niño. Un niño no puede pagar los errores de los adultos, un niño es la expresión máxima de la ingenuidad, la inocencia y la verdad. La única verdad universal en la que creo es en la inocencia de un niño. Nadie, ni siquiera Dios, debería permitir que un niño sufra. Por eso no le echo la culpa. Sólo los hombres hemos maquinado tal barbaridad. Un solo niño sufriendo .... y la humanidad habrá fracasado.

Una persona que no sufre por ver a un niño sufrir no tiene corazón, es un monstruo. Hoy quiero gritar para todos los niños del mundo, para que nadie les arrebate su infancia. Me atrevo incluso a modificar la famosa frase de Azaña diciendo: "la infancia no hace más felices a los niños ... simplemente, los hace niños".

 Hasta pronto amigos!!

viernes, 20 de mayo de 2011

Mucha caspa

Si nos paramos a observar cómo transcurre la campaña política para las próximas elecciones municipales y autonómicas, uno se da cuenta que para algunas personas el mundo no ha cambiado. Carteles por doquier con caras supermaquilladas de ilustres personajes que con su sonrisa artificial pretenden seducir la intención de nuestro voto, mítins que siguen un montón de apasionados incondicionales, absolutamente alienados, y que aplauden sin pestañear todas y cada una de las solemnes obviedades (por no decir gilipolleces) que esos piquitos de oro bien entrenados escupen por su boca, panfletos llenos de sanas y baratas intenciones, y así sucesivamente un sin fin de mecanismos propagandísticos que trascienden al espacio y al tiempo en forma y contenido, como si nada hubiera cambiado, como si en realidad diera igual de qué elecciones se trata, como si el tiempo se hubiera detenido.

Esta imagen vetusta y casposa del político de turno crea en mí un desánimo en términos de intención de voto que no sé si hago un favor votando o no haciéndolo. Un sentimiento de inapetencia, apatía y desilusión se apodera de mí. Ni cambian los métodos ni cambia la palabra. ¿Qué podemos esperar de esta clase política en la que ponemos en sus manos parte de nuestro futuro como ciudadanos de un mundo global? Estamos confiando en gente que habla de las nuevas tecnologías como si estuviéramos hablando de futuro. Todavía no se han enterado de que lo que ellos llaman "nuevas tecnologías" no es futuro, sino el presente y si me apuras, hasta el pasado. Porque el tiempo pasa muy deprisa y el devenir de los acontecimientos cambia las sociedades ... pero los políticos no, los políticos son una constante universal. Hasta ahora les ha funcionado bien ... pero ya veremos qué pasa. Mientras se aclara el tema un montón de jóvenes salen a las plazas de las cuidades más importantes de este país con un mensaje claro "estamos hasta los huevos de todo". Supongo que lo fácil es decir que se trata de vagos, alternativos, anti-sistema, perroflautas y otras especies afines, pero igual todo este polvorín les acaba explotando a nuestros representantes en sus narices. Ojalá y todo este vómito popular acabe sirviendo para que nuestros políticos dejen de hablar de "nuevas tecnologías" y hablen de "nueva política". Sólo es una cuestión de adaptación, y el que se adapta sobrevive. Confío pues en la extinción de esta especie de raza peligrosa, el mundo lo agradecerá. Ojalá y algún día se acabe esa imagen de político dando un mítin y a sus espaldas un montón de sonrisas con cara de idiota enarbolando una bandera y entonando un horrible himno. No puedo evitar pensar en la famosa novela de George Orwell, "1984". Si no la habéis leído os invito a que lo hagáis. No quedaréis indiferentes, os lo aseguro.

P.D. Por cierto, ¿alguien conoce a alguien que haya cambiado su intención de voto por ver uno de esos carteles electorales?