De todas las miserias humanas hay una que me sobrecoge especialmente: el llanto de un niño. Pero no me refiero al llanto sonoro y breve en el tiempo al que todos nuestros hijos nos tienen acostumbrados, más bien me refiero a otro tipo de llanto. Ese llanto sordo, que no pretende reclamar nada porque nadie lo escucha, ese llanto que expresa la mirada de un niño al que se le ha arrebatado la infancia simplemente por haber nacido en el lugar equivocado. Víctimas de los abusos, de la explotación salvaje, de los conflictos bélicos, pero víctimas del azar al fin y al cabo. Azarosa y desgraciada su suerte, pero maldita la connivencia de quienes de una manera u otra amparan, legitiman, toleran, esconden y son cómplices de la mayor de las transgresiones de los derechos humanos de cuantas he conocido.
Soy agnóstico, gracias a Dios, pero no porque tenga razones matemáticas, ontológicas, teológicas, etc que prueben su inexistencia. Cuando alguien me pregunta por qué no creo en Dios, siempre le contesto lo mismo, algo mucho más hunano que todo eso, mucho más sencillo: "no creo en Dios porque si Dios existiera no permitiría un mundo como este". Débil argumento desde el punto de vista católico. Se lo dejo en bandeja, muy fácil de rebatir, "Dios nos hizo libres". Y no les falta razón, de hecho es un argumento aplastante, pero se olvidaron de un pequeño detalle, de una excepción imperdonable bajo mi punto de vista: un niño. Un niño no puede pagar los errores de los adultos, un niño es la expresión máxima de la ingenuidad, la inocencia y la verdad. La única verdad universal en la que creo es en la inocencia de un niño. Nadie, ni siquiera Dios, debería permitir que un niño sufra. Por eso no le echo la culpa. Sólo los hombres hemos maquinado tal barbaridad. Un solo niño sufriendo .... y la humanidad habrá fracasado.
Una persona que no sufre por ver a un niño sufrir no tiene corazón, es un monstruo. Hoy quiero gritar para todos los niños del mundo, para que nadie les arrebate su infancia. Me atrevo incluso a modificar la famosa frase de Azaña diciendo: "la infancia no hace más felices a los niños ... simplemente, los hace niños".
Hasta pronto amigos!!
Acertada reflexión, y un gesto muy valiente el publicarla, cuando lo fácil es callar o hacerse el cínico
ResponderEliminarLos niños sufren, es cierto, por la irresponsabilidad de los mayores o por compartir con estos un mundo en el que el sufrimiento llega de forma inexorable y humanamente inexplicable por medio de catástrofes varias.
ResponderEliminarNo voy a profundizar en el tema de la libertad y la fe. Veo que tu sencilla explicación es bastante adecuada y completa. Simplemente no entiendo lo de la “excepción de los niños”. El dolor existe y no entiende de mayorías de edad ni de criterios humanos. El sufrimiento se vive y se comparte porque las miserias humanas infectan el mundo, los terremotos no avisan su devastación y el accidente nos acecha. El dolor existe igual que la muerte, simplemente porque existe la VIDA.
Yo Salva sí tengo fe. Creo en un Dios que me hizo libre para ser miserable, porque no hay sana paternidad sin libertad; creo en un Dios que no se conforma con mi miseria y por eso no permanece distante en su cielo, sino que me acompaña aferrado a su cruz en mi propio calvario o camino desnortado; creo en una Iglesia santa y pecadora, simplemente, porque creo que aún siendo fundación del propio Cristo, ha contado con hombres pobres y pecadores como yo; creo en esta Iglesia porque no es un club de excelencia, sino que acoge a todos a pesar de nuestros malos ejemplos para acompañarnos hacia una VIDA MEJOR,…
Esta es mi paradoja: Amo profundamente a mis hijos, más de lo que nadie pueda quererlos a excepción de mi mujer, y, sin embargo, mi contumaz imperfección es causa en no pocas ocasiones de dolor para ellos. En el Bautismo les permito que tengan un AMOR mayor y mejor que supla mis flaquezas; por el SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN puedo empezar, renovado y perdonado, con ellos y con todos los que me rodean. Y así podía seguir dando razones de mi fe.
Dijo, creo que Chesterton: “Cuando la gente deja de creer en Dios puede creer en cualquier cosa”. No es una simple crítica a esta sociedad de los “espiritismos”, los nigromantes y adivinos, las sectas, las pintorescas filosofías orientales, sino que quiero destacar sobre todo que el hombre “necesita creer”, o mejor, necesita creer en este Dios que no nos quita el dolor (Él lo asumió en la cruz), pero ilumina nuestra vida; cuenta con nuestra miseria, pero nos ofrece un IDEAL. San Agustín dice: “Mi corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.
Una reflexión final: Los niños que más sufren no están siempre en el tercer mundo, sino a nuestro lado: los niños, antes que desear el amor de sus padres, reclaman que sus padres se quieran; los niños necesitan que el trabajo de sus padres no fagocite el tiempo de estar juntos; los niños necesitan más una corrección que un capricho porque eso indica que hay un padre atento y no un padre con complejo de culpa,… Y que decir de aquellos que abusan de los niños, sean lo que sean, siendo ya, sin duda, un abuso que se los incite a relaciones precoces desde los trece o catorce años, trivializando el verdadero y grandioso valor de la sexualidad. El dolor de los niños no es extraño a nosotros y tiene que ver mucho con las opciones de vida que promueve una cultura dominante alejada de la verdad, entendiendo como verdad lo que es conforme a las necesidades de la naturaleza humana.
Cuando la sociedad se vuelve contra Dios, en realidad, se está volviendo contra el hombre. Perdón por el rollo, pero es que me lo has puesto en bandeja.
Un abrazo.
Tengo claro que no soy indifirente ante el dolor ajeno. Siempre he pensado que este mundo es demasiado injusto como para que lo hagamos más. Por desgracia cada vez somos más indiviuo y menos sociedad.
ResponderEliminarNos leemos. More S8)